La puesta en marcha de nueva Ley de Unión Civil ha abierto la discusión sobre la posibilidad de permitir que las parejas homosexuales puedan adoptar hijos. En esta columna, la autora recalca que la idea de que la mejor familia es aquella que tiene una estructura tradicional no tiene sustento y niega la realidad. El debate que comienza permitirá enfrentar los prejuicios y hacerse cargo de la pluralidad de relaciones y afectos que conviden en la sociedad, reconociendo los derechos de personas que hasta ahora han sido discriminadas de múltiples formas.
Las transformaciones en las normativas jurídicas que se relacionan directa e indirectamente con las familias y sus miembros se han venido sucediendo de manera progresiva desde el fin de la dictadura militar. La ley de filiación, los tribunales de familia o la ley de matrimonio civil que consagra el divorcio vincular, son ejemplos de este cambio. Las reformas legislativas obedecen, en parte, a la constatación de múltiples transformaciones sociodemográficas, ampliamente estudiadas pero, fundamentalmente, se hacen cargo de las vivencias subjetivas que reconocen una diversidad de prácticas familiares y denominaciones de parentesco presentes en nuestro país y el mundo. En definitiva, hemos observado como el debate en estas materias ha ido dando paso a un proceso de desnaturalización de las formas tradicionales de hacer familia y una inclusión de la heterogeneidad que asumen las relaciones que caen bajo la categoría, socialmente construida, de familia.
En este escenario, hemos asistido a la aprobación de la Ley de Unión Civil,queabre -aunque enrevesadamente- un espacio para la integración y vínculo legal de familias que no corresponden a lo señalado por el artículo 102 del Código Civil, que contempla que sólo pueden contraer matrimonio un hombre y una mujer. Así, a través de este recurso -que no quiere denominarse matrimonio- las personas gays, lesbianas, transexuales, transgénero e intersexuales, podrán ver, en alguna medida, legitimada a través del orden simbólico social que provee la ley, sus vivencias afectivas, las que ordenan su vida íntima y sus relaciones significativas, así como los aspectos patrimoniales relacionados con éstas.
Con todos estos antecedentes, no parece insensato que se quiera incluir en la discusión sobre la reforma al sistema de adopciones que actualmente nos rige, la posibilidad de que parejas homosexuales puedan acceder a la adopción. La idea de que la mejor familia para un niño o niña sin cuidadores es aquella que posee una estructura tradicional, no sólo no tiene sustento desde el punto de vista de la experiencia, sino que niega la realidad de muchas familias que hoy se constituyen, de manera no institucionalizada, con padres o madres del mismo sexo. Pone, además, bajo la lupa inquisitiva a un grupo considerable de chilenos y chilenas. Por último, hace oídos sordos de las vivencias -probablemente diversas y complejas- de los hijos o hijas de estas familias.

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